I
Caía la noche y en su mente entretejida tras
las telarañas del recuerdo asomaba una mano. Todo le parecía un laberinto, un
juego de múltiples colores que le atraían fatalmente hacia un destino
desconocido y temido. Colores teñidos de púrpura salpicados de tonalidades
rojas y nubes negras daban color a su mente retorcida por el espanto…
Entre
sudores y sin saber por qué Juan
se despertó sin recordar nada de lo que había ocurrido la noche
anterior. Su mirada perdida, sus ojos enrojecidos delataban claramente una
noche de excesos y alcohol. Juan inclinándose hacia la cama notó una suave
presencia de terciopelo, una hermosa criatura salida de los cuentos de Isildur…
una bella diosa desnuda. Juan, no conseguía recordar cómo el destino había
traído a aquella hermosa criatura a su cama. Todo en ella animaba a las más
fervientes perversiones, su torso desnudo, sus voluptuosos senos, su bello
rostro… de labios rojos e intensos daban la sensación de estar bañados en
sangre,… sangre que Juan estaba dispuesto a devorar. Juan acercó sus labios a
los de ella y la besó, lo cual hizo que la hermosa criatura de la que
desconocía todo excepto que se sentía extrañamente atraído por ella abriera sus
ojos. Sus ojos verde azulados hicieron que Juan recordase los tiempos en los
que vivió en Fuerteventura, una de las islas Canarias. Las aguas del Océano Atlántico
al noroeste Africano. Sus playas rebosantes de vida y sus calas de arena de
jable teñidas de azul y verde mar. Allí Juan paso algunos de los años más
felices de su vida adolescente.
Ella se
abrazó a el y gimió – Juan.
Eh… si…
Siguió
recorriendo su cuerpo con la mirada, le parecía un ser irreal, un sueño. ¡Imposible! no entraba en su mente que
tan hermosa mujer estuviera a su lado. Finalmente, sin pensarlo más se lanzó sobre ella y se amaron
apasionadamente toda la noche.
Juan estaba como en éxtasis, su cuerpo temblaba sobre el de ella como la
piel de un recién nacido lo que a ella le hizo gracia…
-¿Que
te ocurre Juan? ¿Por qué tiemblas?...
-Na…,
nada… me ocurres … tu.
La beso tiernamente en la mejilla y fue
bajando por su terso cuello hasta llegar al hoyuelo que une la garganta con su
pecho, … ella se estremeció. Con sus manos estrechó su cintura fuertemente y la
notó temblar; en ese instante recobró
su vitalidad y su fuerza y por un momento volvió a ser ese chiquillo de
Fuerteventura que correteaba por la playa con su tabla de surf a la espalda;
ese, al que no le temblaban las piernas, ese, que temía a nada y nadaba entre
tiburones.
A la mañana siguiente cuando Juan
despertó la chica había desaparecido y en su lugar solo había una rosa y una
nota escrita con una pluma , en la que se podía leer:
Gracias por una noche inolvidable
Sarah
Carrasco.
Juan recogió la rosa y una espina
atravesó su piel, manchando de rojo carmesí las sábanas de su cama. La nota
tenía un extraño pero intenso perfume que le hacía estremecer. Salió al balcón
para ver si todavía podía encontrarla, pero al igual que había aparecido la
noche anterior se había esfumado en la todavía etérea bruma de la mañana.
Todavía temprano Juan decidió volver a la cama.
Cuando Juan volvió a despertar
miró su reloj y vio que eran las diez y media. De un salto se levantó recordando
que debía ir al periódico donde trabajaba para hablar con el Director que debía
estar ya esperando un artículo desde las diez de la mañana. Si había algo que
le pusiera de mal humor era que se retrasasen en entregarle un artículo.
Sonó el móvil de Juan sobre las
mesita de noche. Lo cogió.
-Si
-Buenos días, soy Pedro, por si
no lo recuerdas soy el director del periódico en el que tu trabajas y a la vez
el que firma tu nómina…
-Lo siento Pedro, pero me ha sido
imposible llegar al periódico, estoy en un atasco terrible en la gran vía -mintió descaradamente.
-Déjate de pamplinas y ven
inmediatamente al periódico y por tu bien espero que me traigas el artículo que
estoy esperando.
¡Clic! Se escuchó en el
auricular. Eso solo puede significar una cosa, Pedro estaba bastante mosqueado…
Pedro se había ganado fama a nivel nacional como uno de los
Directores de carácter liberal más riguroso con las noticias que aparecían en
su periódico. Su periódico había ido aumentando el número de ventas
paulatinamente desde su creación debido a su buena gestión y a la calidad de
sus periodistas que tenían una máxima; la veracidad de lo escrito. Persona
afable, siempre iba con un traje oscuro y era muy reconocido por sus
compañeros.
Juan cogió su coche y se puso en
marcha de Pedro. Golpeó suavemente la puerta con los nudillos.
Juan asomó la cabeza por si había
tormenta…
-¿Cómo va eso Jefe? Disculpe por la tardanza, pero la gran
vía estaba fatal y …
-Pasa, pasa y déjate de
historias… Juan- Le dijo en tono paternalista. Tengo que hablar contigo
seriamente. Llevas varios años trabajando para nosotros y has escrito algunos
buenos artículos, pero tienes un gran defecto, y es tu informalidad. He pensado
que no te vendría mal trabajar conjuntamente con alguien más centrado que tu.
Es una fotógrafa que ha estado trabajando para un periódico americano y que
viene con muy buenas referencias…
-Pero jefe –replicó Juan –ya sabe
que a mi me gusta trabajar solo y
…
-Tisk, tisk, no hay discusión,
trabajarás con ella y se acabó. Se que algún día me lo agradecerás. Además tus
artículos siempre han adolecido de un defecto de calidad fotográfica, y nuestro
periódico no puede permitirse publicar fotos de baja calidad, por muy bueno que
sea el periodista que escribe los artículos.
Su conversación se vio
interrumpida por la llegada de un teletipo que decía: - Desaparición de persona
importante en la población de la Herradura en Granada.
-Mira –dijo Pedro- es la
oportunidad perfecta para presentarte a tu compañera, iréis allí e intentaréis
averiguar todo lo posible.
Pedro tocó un botón del interfono
que comunicaba su despacho con el de su secretaria… -Señorita Pérez, haga pasar
a la fotógrafa.
Detrás de Juan chirrió la puerta
del despacho y apareció ella… Sarah Carrasco.
-Te presento a Sarah Carrasco.
Espero que os llevéis bien.
La sorpresa de ver a Sarah allí
hizo que Juan se atragantara con una galleta que había cogido de la mesa de
Pedro. Sarah le hizo una señal para que la siguiera ala exterior del despacho…
-Oye, mira, … lo de anoche pasó a
la historia, así que espero que no nos afecte en el trabajo…
-¿Cómo?,.. yo pensaba que había
sido algo especial… y…
-Mira , chico, no te tomes así
las cosas. Yo soy una mujer independiente y hago lo que quiero con mi cuerpo.
Nos toca trabajar junto y eso es todo lo que hay y nada más… Y ahora a
trabajar!
Sarah era una mujer explosiva, de
esas que te dejan sin aliento, de las que puedes desear pero no meter en una
cajita para admirarla. Era un volcán en erupción casi siempre dispuesta a
estallar. Su larga melena rubia y sus ojos verde azulados y su sonrisa de
marfil hacían que los hombres no le pudieran negar nada. Tan atrayente, tan
cálida como peligrosa. Enamorarse de ella era meterse en la boca de un león
hambriento. Así que Juan decidió que era más sabio no complicarse la vida en
este momento y aceptar que lo que había pasado la noche anterior sería un
recuerdo que jamás olvidaría, pero eso, solo un recuerdo.
Al atardecer Juan y Sarah cogieron
un buelo de la compañía Iberia desde Madrid Barajas hasta el aeropuerto de
Málaga. Una vez allí alquilaron un seat Ibiza y de allí partieron hacia la
Herradura. El viaje fue
silencioso. Juan no podía dejar de pensar en la noche anterior, una noche en la
que Sarah rebosaba pasión, y ahora absorta en la lectura de una novela, El Maestro de Esgrima de Pérez Reverte, daba la sensación de parecer una mujer fría
y calculadora, una mujer que en nada se parecía a la que gemía la noche
anterior entre sus brazos. Llevaba puesta una camiseta de tirantes color beige
y el pelo recogido. Sobre su regazo una bolsa de fotógrafo donde llevaba sus
cámaras. No se separó de ella ni en el avión.
A Sarah le entusiasmaba la
lectura, a sus veintidós años había leído más de ochocientos libros. Era una
mujer apasionante. Te podía hablar
sobre cualquier tema… amor, política religión, coches, fútbol. Sus ojos sin
embargo revelaban muy poco sobre ella misma, esto exasperaba a Juan quien se
preciaba de si mismo por conocer a las personas simplemente mirándolas a los ojos. Los de Sarah parecían los de
un jugador de Póker, profundos, distantes, inescrutables, parecía estar siempre
jugando de farol, pero siempre con una jugada maestra.
Sus palabras estaban siempre
dominadas por la dialéctica que aprendió durante sus primeros años de estudios
universitarios en la facultad de derecho del Icade. Juan hubiera
dado hasta su vida por comprender solo una minúscula parte del Universo
que se fundía en el alma de ese ser extraordinario.
Juan conducía el coche camino de
la herradura y notó que Sarah se había dormido. Apoyaba suavemente su dorada
cabeza sobre la puerta del Ibiza. Juan recorrió con la mirada el cuerpo de
Sarah y al bajar la mirada descubrió que los labios de la comisura que formaban
su escote se habían entreabierto dejando entrever uno de sus aterciopelados
senos. Juan se excitó sin poder apartar la mirada de ella. De repente “chas” un
fogonazo de luz y un “piii” de la potente bocina de un camión sacaron del
aturdimiento provocado por la visión del pecho de Sarah. Un volantazo impidió
que chocase el Ibiza. El
ruido hizo que Sarah se despertase, reincorporándose.
-¿Qué ocurre?
-Na…, nada, solo me despisté un
poco.
Sarah se dio cuenta de que el
escote se le había bajado, dejando entrever su pecho. Se colocó bien su escote
a la vez que esbozó una maquiavélica sonrisa. Sabía perfectamente qué era lo
que había hecho perder la concentración a Juan, pero no dijo nada, solo se
limitó a sonreír perversamente.
Se acercaban a la Herradura cuando
el “bip”, “bip” del reloj de Juan le hizo percatarse de que eran las dos de la
noche. La Herradura, antaño un pequeño pueblo de pescadores, se había transformado durante los años cincuenta
a setenta, con la progresiva
pérdida de la pesca, en un pueblo básicamente de subsistencia turística. Al ir
llegando Juan pudo deducir claramente por qué aquel pueblo había recibido el
nombre de La Herradura. Entre los pinos que bordeaban el pueblo pudo distinguir
la playa que brillaba entre las montañas que bordean el pueblo. Besaba la playa
una capa azul oscura salpicada por brotes de luz de las farolas del paseo
marítimo. La luna y las estrellas resplandecían sobre un mar que parecía estar forjado de sedas
púrpuras y amarillas dignas del
mejor rey de Persia.
A Juan le parecía aquel un lugar
mágico, en el cual, durante sus años de adolescente había compartido la dulzura
exuberante del primer amor.
Paró el coche en un recodo de la
oscura carretera y salió de él. En lo alto de la colina cuyos pies descansaba
tranquilo y silencioso el pueblo de La Herradura Juan sintió ser el único ser sobre la tierra. Aquel silencio
y aquella soledad impactantes trajeron muchos recuerdos a su mente que se vieron interrumpidos
por la cálida mano de Sarah sobre su espalda. Un escalofrío mayor que el
producido por el paisaje se introdujo en su mente al notar su mano suave y su
perfume…
-Venga, vamos hacia el hotel,
estoy cansada y mañana tenemos mucho trabajo que hacer.
Cuando llegaron al hotel eran las
tres de la mañana, y ambos cogieron sus llaves y subieron a sus habitaciones. Arriba en el
pasillo Sarah dirigió su mirada hacia Juan…
-Buenas noches Juan…
-Buenas noches. –Juan esperó
hasta que Sarah entro en su habitación. Albergaba la esperanza de que le
invitara a pasar la noche, sin embargo Sarah entró en su habitación cerrando la
puerta tras de sí. Juan no podía
dejar de pensar en la noche anterior. Para el había sido la mejor noche de toda
su vida. Sarah era la mujer que el siempre había soñado, y aún así no conseguía
recordar cómo la había conocido y seducido la noche anterior,… si es que la
había seducido él.
Dejó la maleta sobre un sillón
que había en la habitación y se asomó al balcón. Era una noche calurosa de
Julio de mil novecientos noventa y tres. El balcón se asomaba directamente a la
bahía y entre dos pequeños barquitos de pesca y la oscuridad pudo reconocer las
siluetas de dos jóvenes que en la arena estrechaban sus cuerpos. De ella solo
pudo ver su larga melena y una escultural silueta entre las sombras, de él, su
altura y torso bien formado probablemente por la práctica de algún deporte
relacionado con la musculación. Su mente volvió a volar hacia atrás en el
tiempo cuando el mismo retozaba en el mismo lugar con su primer amor. El calor
de la noche y una suave brisa acariciaban sus cuerpos mientras los amantes se
estrechaban en un abrazo de fuego y sal… Juan no podía olvidar aquella sensación que marcaría el
futuro de todas sus relaciones. Siempre buscó alguna semejanza, con aquellas
sensaciones de su primer amor pero
nunca fue igual. Solo Sarah había conseguido llevar a Juan a aquella plenitud
que descansaba en las arenas de la playa dispuestas a ser redescubiertas.
Juan decidió dejar solos a los
enamorados y se acercó a la televisión, buscó un canal, pero solo pudo
encontrar uno, antena 3. Estaban dando las noticias. Un breve comentario sobre
los san Fermines fue seguido por una noticia que hizo despertar a Juan.
-…El Conde Lázaro de Astorga de 43
años que había desaparecido ayer en el hotel Bahía Azul de la Herradura ha sido
encontrado esta noche con una herida producida por arma de fuego en el
tórax. Más adelante les
ofreceremos una información más
detallada.
Juan apagó la televisión y salió
al balcón a respirar el aire fresco de la noche, se tumbó en una hamaca que
había en el balcón y se quedó dormido pensando en Sarah.
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