III
Una vez en la comisaría se
acercaron a uno de los policías que estaban en la puerta. Resultó ser el
sargento de guardia. Le preguntaron por el comisario García. Tras pedirles la
identificación les notificó que el comisario había tenido que salir un momento
a resolver un asunto policial. Les acompañó a un despacho y les dijo que
esperaran allí al comisario.
El despacho resultó ser el del
comisario García. Estaba lleno de placas y medallas al valor. El comisario de
joven había estado destinado en el país Vasco en donde había realizado una gran
labor en la lucha contra el terrorismo. Ahora en su madurez le habían dado el
puesto de comisario en un lugar más tranquilo. Un pueblo costero con el que
siempre había soñado. Una foto de su familia se veía sobre la mesa. De ella
dedujo Juan que estaba casado y que tenía dos preciosas hijas.
La puerta del despacho se abrió y
apareció el comisario. Tenía una espesa barba blanca y su cabeza lucía una
amplia calva que delataba su ya avanzada edad, cercana a la jubilación. Era un
hombre enjuto, algo tosco, pero amable y dispuesto a conversar con dos
desconocidos.
-Buenos días-dijo el
comisario.-Ustedes dirán que les trae por mi despacho.
-Buenos días.-respondió Juan.-
Como sabrá somos periodistas del diario 16 y nos gustaría tener una charla con usted sobre la muerte del
Conde Lázaro de Astorga.
-Les responderé a lo que pueda,
pero como comprenderán esta es una investigación por asesinato y lo que les
pueda contar de momento será muy
limitado, ya que puede afectar a la investigación.
-¿Qué puede decirnos sobre las
causas de la muerte?-Inquirió Juan.
-Bueno, solo puedo contarles que
encontramos al Señor D. Lázaro de Astorga tendido en su cama con un impacto de
bala que le atravesaba el pecho de lado a lado.-La forma de hablar del
comisario resultaba algo rimbombante y anticuado para los tiempos que corrían y
a Sarah le resultaba algo molesto, aunque la cara amable y bonachona del
comisario mitigaba este sentimiento.
-¿Tienen algún
sospechoso?-Preguntó Juan.
-Seguimos la pista de alguien
cercano al conde, aunque no puedo decirles más.
-¿Podría decirnos algo sobre el arma que se utilizó en el
crimen?- investigó Juan a la vez que Sarah tomaba una foto del despacho del
comisario.
-Si prometen no publicarlo hasta
que yo les avise …
-De acuerdo- Aceptó Juan
intrigado.
-Se utilizó una treinta y ocho,
que es el arma típica de la policía americana. No tenía huellas, pero
encontramos un cabello que podría ser del asesino.
-¿Qué razones creen que podría
tener el asesino?
-Aún no lo sabemos, pero aunque
las supiésemos con certeza tampoco podríamos revelárselas en este momento.
-Sr. Comisario…-Exclamó Sarah
lanzándole una mirada sensual a la vez que deliberadamente hizo sobresalir una
pierna por la abertura de la falda que le llegaba hasta la misma cintura.-Nos
contará lo que sepa antes que a nuestros colegas…¿Verdad? – Desde luego Sarah
sabía cómo pedir las cosas. Nadie podría negar que sabía utilizar sus armas de
mujer, esi sí siempre de la forma más elegante. Era una auténtica mujer…
El comisario titubeante y algo
aturdido ante semejante alarde de sensualidad contestó…- Ha… haré lo que este
en mi mano señorita…
Juan interrumpió aquella escena
tal vez por celos, o tal vez por sacar al comisario del aprieto en el que Sarah
le había situado.
-Sr. Comisario, le agradecemos
mucho su ayuda y le pido disculpas por las molestias. Le agradecería que nos
llamara a este número cuando pueda darnos algunas información suplementaria.-
Juan le entregó una tarjeta con su número.
-Por supuesto- dijo el comisario.
Juan y el comisario se dieron la
mano, mientras Sarah se despidió con un ardiente beso en la mejilla. El
comisario se quedó mirando a aquella mujer que salía de su despacho sin poder
apartar la mirada de…, bueno de ese lugar donde la espalda pierde su nombre.
Al tiempo que salían, el sargento
de guardia entraba en el despacho del comisario, que seguía algo anonadado por
la visión de la sublime belleza de Sarah.
-¿Se van ya? –Preguntó el
Sargento.
-Si, hasta luego.-Contestó Juan
cerrando la puerta.
Una vez solos en el despacho el
comisario hizo un comentario al sargento. -¿Has visto alguna vez a una mujer
como esa, Manolo?
-Comisario, que está usted casado…,
aunque no, la verdad es que está para mojar pan…
-¡Qué
mujer!
-¡Si!
No hay comentarios:
Publicar un comentario