II
Sobre las ocho de la mañana sonó
el timbre de la puerta de la habitación de Juan. El sonido agudo del timbre
hizo sobresaltar a Juan de tal modo que se cayó de la hamaca. Un poco aturdido
se levantó y fue a abrir. Tras el umbral de la puerta apareció la esbelta
figura de Sarah envuelta en un vestido
blanco que parecía hecho de gasa, el cual insinuaba aún más sus lascivas
formas. Juan la hizo pasar…
-¿Qué hora es?
-Juan, no recuerdas que teníamos
una cita a las nueve y media con el comisario García Riduejo.
-Si, bueno, enseguida me
arreglo.- Dijo Juan todavía aturdido por la repentina, pero agradable aparición
de Sarah.
Juan entró en el cuarto de baño,
puso la radio y le dio una vuelta al grifo de la ducha. En la radio pudo escuchar un breve avance
sobre el asesinato acaecido la noche anterior.
El hotel se había llenado de
periodistas y curiosos debido a la importancia que tenía el suceso. Un noble
asesinado atraía a toda la masa de informadores, periodistas y fotógrafos de
las revistas más y menos prestigiosas del país. Desgraciadamente este tipo de asuntos atraían a lo que
Juan consideraba la morralla de la profesión, los de la prensa del corazón. No
le gustaban esos programas de la prensa rosa que se forraban con las miasmas de
algunos famosos o pseudofamosos.
El agua tibia caía sobre sus
hombros mientras Juan fantaseaba en su mente con la visión de Sarah entre sus
brazos la noche en la que la conoció… Un golpe en la puerta le hizo despertar,
y la voz de Sarah dándole prisa para que bajara a desayunar hizo que cerrara el
grifo de la ducha y que se vistiera rápidamente.
Juan salió del cuarto de baño y
Sarah y él se dirigieron al comedor del hotel, se sentaron en una mesa y
pidieron el desayuno. La decoración del comedor del hotel hacía recordar al
pueblo marinero que antes había sido. Una red que colgaba de la pared posterior
de la sala estaba ensartada de corales y estrellas de mar sobre el fondo azul
de la pared. Una pequeña barca que servía para exhibir el pescado en hielo a la
hora del almuerzo descansaba ahora vacía en la entrada como esperando a los
marineros para hacerse a la mar y recoger los frutos que esta les ofrece. A
Juan todo esto le volvía nostálgico, a él
le habría encantado ser marinero de un barco de pesca, pero de aquellos
de los que había cuando aún pescaba con anzuelo y arpón como aquellos héroes de
Moby Dick que leía cuando era pequeño. El hombre cuerpo a cuerpo contra el
animal. Una lucha justa…
Juan pidió una café y unas
tostadas y Sarah una raja de melón y un zumo de uva.
Juan no podía apartar la mirada
del escote de Sarah cuando ella dijo: -¿Quieres dejar de mirarme con esa cara
de ternero degollado?
Juan apartó la mirada y se
disculpó.
-Lo siento Sarah, pero no puedo
evitar el que me gustes –masculló entre dientes. – He oído por la
radio,-continuó- que ha aparecido el Conde de Astorga muerto…
-Si,-dijo Sarah con aire de autosuficiencia,- yo también lo he oído, debemos darnos prisa si no
queremos que alguien nos pise la noticia. El inspector García es un hombre muy
ocupado, así que procura elegir bien las preguntas, porque solo nos atenderá
durante cinco minutos. Mientras que tu hablas con él, yo procuraré sacar algunas fotos del despacho.
-De acuerdo. Oye Sarah… no puedo
dejar de pensar en ti y en la
noche que pasamos juntos y…
-Pues, olvídalo, fue una noche
magnífica, así que no la estropees. Y ahora, volvamos al trabajo.
Aquella frialdad en las palabras
de Sarah dejaron atónito a Juan. No podía creer que aquella mujer fría y
calculadora fuese la misma que tuvo en sus brazos suspirando y gimiendo su
nombre.
Juan y Sarah se levantaron de la
mesa. Sarah miró le miro…
-Juan, espérame en al recepción,
tengo que subir a por la cámara.
El dijo que la esperaría en el
bar. Juan se acercó a la barra y pidió un zumo de piña y encendió un cigarrillo
mientras esperaba por aquella mujer que dominaba y nublaba su mente.
-¿Algún problema?- Le preguntó el
camarero amablemente.
-¿Qué?
-Disculpe mi indiscreción señor,
simplemente le veía preocupado.
-No, lo siento, discúlpame tu,
pero no estoy acostumbrado a contarle mis penas a la gente.
-No quería molestarle señor.
-No me molestas amigo. Son solo
mis problemas.
-Le sirvo algo más.
-No gracias…. Las mujeres son
difíciles de entender a veces…
-Eh…
-Simplemente es que una mujer me
está volviendo loco.
-¿Alguna que no le hace caso
señor?
-Bueno, no es que no me haga
caso, pero … A veces parece muy cariñosa, pero otras veces parece una bruja.
-Señor, a veces hay que pasar del
amor al odio y al revés para que las cosas funcionen. Entre ambas emociones
solo hay un pequeño paso.
-Quizás tengas razón. Gracias.
Cogió su zumo y se sentó en una mesa
a a esperar a Sarah. Por mucho que intentara estudiar su mente no conseguía
entender cómo funcionaban los mecanismos que guiaban su actitud. Juan se puso a
pensar en su conversación con el camarero. No era el tipo de persona que
comentan a un extraño sus sentimientos. No conseguía entender por qué le había
abierto así su corazón a aquel camarero.
Absorto en estos pensamientos, no se dio cuenta de que una mujer se
acercaba a él por detrás. Era una mujer a la que él había conocido muchos años
atrás cuando estuvo viviendo en un pueblo cercano a la Herradura llamado Almuñecar.
Carmen, que así se llamaba puso sus manos sobre los ojos de Juan y le preguntó:
-¿Sabes quién soy?
Juan aspiró el perfume que salía
de sus manos y creyó recordar un
aroma que para él había sido muy
familiar muchos años atrás, aunque no podía creerlo, no en aquel lugar. Apartó
las manos de sus ojos y se halló frente a frente con Carmen. Efectivamente,
aquel aroma pertenecía a aquella sensación de años atrás. Juan había intentado contactar
con ella muchas veces, pero siempre sin conseguirlo, y sin embargo allí estaba
con su pelo negro azabache, sus ojos negros y sus carnosos labios rosados por
el carmín que a Juan tanto le gustaba. Juan se levantó y la abrazó tiernamente
dándole un beso en la mejilla muy
cerca de la comisura de sus labios.
-¿Qué haces tu aquí? Pensaba que
vivías en Granada.
-Verás Juan, me casé con el Conde Lázaro de Astorga-Dijo Carmen
soltando una lágrima- Pasábamos nuestras vacaciones aquí y ahora… ya no está.
-Lo siento. Yo…
Carmen se echó entre sollozos en
sus brazos. Carmen había querido parecer una mujer fuerte al presentarse a
Juan, pero a su vez sabía que ella nunca podría ocultarle sus verdaderos
sentimientos. De hecho, aunque habían pasado muchos años y aunque cada uno
había emprendido caminos
diferentes, ambos todavía mantenían vivo el fuego de ese primer amor que nunca
se olvida. Juan la calmó y la llevó a su habitación. Llamó a un médico quien le dio un calmante y
la dejó dormir en su habitación.
-Aquí la prensa no te molestará.
Debo irme ahora, pero intentaré volver pronto.
Juan salió corriendo hacia la
recepción del hotel donde Sarah le esperaba un tanto exasperada.
-¿Dónde has estado?-Le gritó
Sarah. Llevo media hora esperándote.
Juan le contó lo sucedido
mientras cogían el coche para ir a la comisaría. Sarah se calmó y le dijo a
Juan que a la vuelta deberían hablar con la viuda. Esto puso a Juan en un
aprieto ya que no quería molestar a Carmen con las típicas preguntas sobre
¿quién podía desear su muerte?¿Si había notado algo extraño en los últimos
días? O si alguien extraño había visitado últimamente al conde …etc. Aún así
pensó que debía separar su trabajo de las razones sentimentales que pudiera
tener y asintió con la cabeza a la propuesta de Sarah. El resto del camino Juan
se amantuvo en silencio.
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