Presentación

Hola a tod@s:


El presente blog nace con la idea de difundir la poesía que nace desde el corazón del alma. Busca la más pura sintonía y armonía del ser humano con el alma de las letras. Esperando tocar las fibras sensibles del corazón de la humanidad y allanar el camino de la literatura en un mundo gobernado por la crisis y el desatino de los gobernantes. La crítica social y ciudadana impregnarán las páginas que se escribirán a lo largo de los días procurando que al menos una vez por semana hayan nuevos contenidos y poesías, así como breves relatos que se publicarán por fascículos.


Un abrazo a tod@s


El escritor





Erik Diez-Tino Lennvall


31 de Enero de 2012

Capítulo 4

     IV
La policía había instalado en un local un improvisado depósito de cadáveres y Sarah y Juan se dirigieron hacia aquel lugar a eso de las once y media de la mañana. La Herradura no contaba con un médico forense propio, con lo que el cadáver estaba todavía a la espera de que le hiciesen la autopsia. Realmente tampoco había inauténtico depósito de cadáveres.
Ambos sobornaron al guardia que custodiaba la puerta del local donde descansaba el cuerpo inerte con el objetivo de echarle un vistazo.
El guardia cogió un sobre que contenía cincuenta mil pesetas. El sobre se lo entregó Sarah en una esquina detrás de la habitación donde estaba el cadáver. Este hecho volvió a dejar asombrado a Juan quien no sabía si demostraba que Sarah era una gran periodista que sabía como conseguir la información más fresca para los reportajes o por el contrario demostraba que era una mujer sin escrúpulos. Juan no hizo ningún comentario y simplemente se limitó a seguir la corriente de los acontecimientos.
El guardia les dio cinco minutos y les rogó que no tocasen nada y que por favor no se retrasasen porque el comisario estaba a punto de llegar con el forense que se había desplazado desde Motril.
Una vez dentro Sarah tomó unas fotos del cadáver del cuerpo del conde de Astorga mientras que Juan  observaba con náuseas el mismo. Juan sintió el hedor a putrefacción que emanaba del cuerpo que llevaba ya unas veinticuatro horas descomponiéndose. Observó a Sarah, parecía disfrutar de su trabajo, no paraba de sacar fotos desde distintas posiciones y ángulos.
-¿Cómo puedes estar tan tranquila con este olor y al lado de un cadáver? –preguntó Juan con un claro tono de repulsa en su voz.
-En Estados Unidos donde trabajé hace algún tiempo hacíamos esto todos los días- respondió Sarah. –Anda mira a ver si lleva algo en los bolsillos que pueda darnos alguna pista.
-¿Cómo?- chilló Juan asustado. –No recuerdas que el guardia dijo que no tocáramos nada.
-No lo notará, dejaremos todo tal y como estaba. ¡Venga! Trabaja, somos periodistas. Así es como se ganan los Pulitzer.
Juan notaba cada vez más náuseas, y cada vez deseaba más largarse de aquel lugar, pese a todo sabía que Sarah tenía razón y sacó fuerzas de flaqueza y se puso a observar el cadáver para ver si podía encontrar alguna pista que les llevara sobre las huellas del asesino.
 El asco en la cara de Juan aumentaba mientras hurgaba entre las pertenencias del muerto con la pinta de un lápiz. En cambio Sarah parecía disfrutar cada vez más con aquella escena sacando fotos.
Juan miró de pasada las manos del conde y se fijó que estaban agarrotadas como agarrando algo. Intentó abrirle la mano lo que hizo aumentar aún más sus náuseas hasta el límite que tuvo que ir al cuarto de baño contiguo a la sala en la que estaban a vomitar. Volvió a la sala e intentó volver a  abrir la mano del conde logrando sacar de ella una pequeña pulsera. Reconoció la pulsera, era la pulsera de oro con dos pequeñas piedrecitas de color rojo formado un corazón que él mismo había comprado hace algunos años. Su mente entró en trance. Una imagen se repetía en su cabeza sin cesar. Era el verano de mil novecientos ochenta y tres. Juan tenía quince años y había estado haciendo algunos trabajos extras para poder comprar un regalo a su novia. Paseando por las calles de Almuñecar pasó por delante de una joyería con un cisne sobre la puerta. Entró y allí sobre el mostrador vio la pulsera que ahora volvía a tener en sus manos.
En un monte a la orilla de la playa de San Cristóbal llamado el Santo esperó a su amada, hasta que ella apareció a los pies de una enorme cruz que la corona. Ambos se sentaron de espaldas a la cruz sobre una roca que la sujeta y el en un ataque de pasión le juró amor eterno. Tras un beso que duró una eternidad Juan le entregó un pequeño paquete que ella abrió con avidez. En su  interior  descansaba una pequeña pulsera con un corazón rojo.
-Este es mi corazón , no lo rompas.
-Siempre estará junto a mi corazón. Nunca me lo quitaré. -Juró ella…
-Juan, que te pasa, despabila- le espetó Sarah.
Miró de nuevo la pulsera que tenía en las manos. Pertenecía a Carmen, la mujer del Conde Astorga. Juan no respondió, se limitó a nadar en sus pensamientos.
Observó que la pulsera estaba rota. Le dio la impresión de que el conde en su desesperación al notar el impacto de la bala en su pecho y haciendo acopio de sus últimas fuerzas logró arrancarla del brazo de su asesina.
-Juan, vuelve a poner la pulsera en la mano del conde y vámonos- insistió Sarah.

Juan no respondió, asintió con la cabeza e hizo un gesto como si colocase la pulsera en la mano agarrotada del conde. Cuando Sarah se  volvió en dirección a la puerta una mano furtiva se deslizó en el bolsillo de Juan depositando en él a pulsera.
No sabía por qué lo hacía, sólo sabía que tenía que hacerlo, no podía resistir la visión de Carmen esposada y escoltada por dos gendarmes en dirección al hotel de la cárcel.
Corrió tras de Sarah y salieron del depósito de cadáveres. De lejos vieron la figura del comisario acompañado de otra figura que a ambos les pareció lúgubre y extraña. Era el forense. Llevaba en su mano derecha cubierta por un guante negro un maletín negro y en su mano izquierda un puro del que aspiraba intensas bocanadas de humo que luego expulsaba lentamente formando una espesa niebla que le envolvía el rostro. Unos pantalones negro cubrían sus esqueléticas piernas y su escuálido torso iba envuelto en una camisa de franela blanca. En su cuello una corbata de las que recuerdan a nuestros abuelos se venteaban al viento. Ambos se escondieron tras un seto para no delatar su presencia al comisario y no perjudicar al guardia que les había dejado entrar al depósito.
-No comprendo cómo puedes ser tan fría para estas cosas- comentó Juan con la mirada algo extraviada por las circunstancias que habían acompañado a aquella mañana.
-Querido mío- prosiguió melosamente Sarah- después de haber visto lo que he visto en Golfo Pérsico o en Bosnia, lo de hoy no es nada. Debes de intentar no mostrar tus debilidades y sentimientos en este trabajo. Bueno Juan ¡qué! ¿nos vamos a comer?
-Bueno, realmente no me gusta hablar mal de la gente, pero se dice que tenía una amante y que pudo ser su mujer la que le mató

-Glub, bueno, aunque no sé cómo tienes hambres contestó sufridamente Juan, arrancando el coche y dirigiéndose a un chiringuito que había en la playa.


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