IV
La policía había instalado en un
local un improvisado depósito de cadáveres y Sarah y Juan se dirigieron hacia
aquel lugar a eso de las once y media de la mañana. La Herradura no contaba con
un médico forense propio, con lo que el cadáver estaba todavía a la espera de
que le hiciesen la autopsia. Realmente tampoco había inauténtico depósito de
cadáveres.
Ambos sobornaron al guardia que
custodiaba la puerta del local donde descansaba el cuerpo inerte con el
objetivo de echarle un vistazo.
El guardia cogió un sobre que
contenía cincuenta mil pesetas. El sobre se lo entregó Sarah en una esquina
detrás de la habitación donde estaba el cadáver. Este hecho volvió a dejar
asombrado a Juan quien no sabía si demostraba que Sarah era una gran periodista
que sabía como conseguir la información más fresca para los reportajes o por el
contrario demostraba que era una mujer sin escrúpulos. Juan no hizo ningún
comentario y simplemente se limitó a seguir la corriente de los
acontecimientos.
El guardia les dio cinco minutos
y les rogó que no tocasen nada y que por favor no se retrasasen porque el
comisario estaba a punto de llegar con el forense que se había desplazado desde
Motril.
Una vez dentro Sarah tomó unas
fotos del cadáver del cuerpo del conde de Astorga mientras que Juan observaba con náuseas el mismo. Juan
sintió el hedor a putrefacción que emanaba del cuerpo que llevaba ya unas
veinticuatro horas descomponiéndose. Observó a Sarah, parecía disfrutar de su
trabajo, no paraba de sacar fotos desde distintas posiciones y ángulos.
-¿Cómo puedes estar tan tranquila
con este olor y al lado de un cadáver? –preguntó Juan con un claro tono de
repulsa en su voz.
-En Estados Unidos donde trabajé
hace algún tiempo hacíamos esto todos los días- respondió Sarah. –Anda mira a
ver si lleva algo en los bolsillos que pueda darnos alguna pista.
-¿Cómo?- chilló Juan asustado.
–No recuerdas que el guardia dijo que no tocáramos nada.
-No lo notará, dejaremos todo tal
y como estaba. ¡Venga! Trabaja, somos periodistas. Así es como se ganan los
Pulitzer.
Juan notaba cada vez más náuseas,
y cada vez deseaba más largarse de aquel lugar, pese a todo sabía que Sarah
tenía razón y sacó fuerzas de flaqueza y se puso a observar el cadáver para ver
si podía encontrar alguna pista que les llevara sobre las huellas del asesino.
El asco en la cara de Juan aumentaba mientras hurgaba entre
las pertenencias del muerto con la pinta de un lápiz. En cambio Sarah parecía
disfrutar cada vez más con aquella escena sacando fotos.
Juan miró de pasada las manos del
conde y se fijó que estaban agarrotadas como agarrando algo. Intentó abrirle la
mano lo que hizo aumentar aún más sus náuseas hasta el límite que tuvo que ir
al cuarto de baño contiguo a la sala en la que estaban a vomitar. Volvió a la
sala e intentó volver a abrir la
mano del conde logrando sacar de ella una pequeña pulsera. Reconoció la
pulsera, era la pulsera de oro con dos pequeñas piedrecitas de color rojo formado
un corazón que él mismo había comprado hace algunos años. Su mente entró en
trance. Una imagen se repetía en su cabeza sin cesar. Era el verano de mil
novecientos ochenta y tres. Juan tenía quince años y había estado haciendo
algunos trabajos extras para poder comprar un regalo a su novia. Paseando por
las calles de Almuñecar pasó por delante de una joyería con un cisne sobre la
puerta. Entró y allí sobre el mostrador vio la pulsera que ahora volvía a tener
en sus manos.
En un monte a la orilla de la playa
de San Cristóbal llamado el Santo esperó a su amada, hasta que ella apareció a
los pies de una enorme cruz que la corona. Ambos se sentaron de espaldas a la
cruz sobre una roca que la sujeta y el en un ataque de pasión le juró amor
eterno. Tras un beso que duró una eternidad Juan le entregó un pequeño paquete
que ella abrió con avidez. En su
interior descansaba una
pequeña pulsera con un corazón rojo.
-Este es mi corazón , no lo
rompas.
-Siempre estará junto a mi
corazón. Nunca me lo quitaré. -Juró ella…
-Juan, que te pasa, despabila- le
espetó Sarah.
Miró de nuevo la pulsera que
tenía en las manos. Pertenecía a Carmen, la mujer del Conde Astorga. Juan no
respondió, se limitó a nadar en sus pensamientos.
Observó que la pulsera estaba
rota. Le dio la impresión de que el conde en su desesperación al notar el
impacto de la bala en su pecho y haciendo acopio de sus últimas fuerzas logró
arrancarla del brazo de su asesina.
-Juan, vuelve a poner la pulsera
en la mano del conde y vámonos- insistió Sarah.
Juan no respondió, asintió con la
cabeza e hizo un gesto como si colocase la pulsera en la mano agarrotada del
conde. Cuando Sarah se volvió en
dirección a la puerta una mano furtiva se deslizó en el bolsillo de Juan
depositando en él a pulsera.
No sabía por qué lo hacía, sólo
sabía que tenía que hacerlo, no podía resistir la visión de Carmen esposada y
escoltada por dos gendarmes en dirección al hotel de la cárcel.
Corrió tras de Sarah y salieron
del depósito de cadáveres. De lejos vieron la figura del comisario acompañado
de otra figura que a ambos les pareció lúgubre y extraña. Era el forense.
Llevaba en su mano derecha cubierta por un guante negro un maletín negro y en
su mano izquierda un puro del que aspiraba intensas bocanadas de humo que luego
expulsaba lentamente formando una espesa niebla que le envolvía el rostro. Unos
pantalones negro cubrían sus esqueléticas piernas y su escuálido torso iba
envuelto en una camisa de franela blanca. En su cuello una corbata de las que
recuerdan a nuestros abuelos se venteaban al viento. Ambos se escondieron tras
un seto para no delatar su presencia al comisario y no perjudicar al guardia
que les había dejado entrar al depósito.
-No comprendo cómo puedes ser tan
fría para estas cosas- comentó Juan con la mirada algo extraviada por las
circunstancias que habían acompañado a aquella mañana.
-Querido mío- prosiguió
melosamente Sarah- después de haber visto lo que he visto en Golfo Pérsico o en
Bosnia, lo de hoy no es nada. Debes de intentar no mostrar tus debilidades y
sentimientos en este trabajo. Bueno Juan ¡qué! ¿nos vamos a comer?
-Bueno, realmente no me gusta
hablar mal de la gente, pero se dice que tenía una amante y que pudo ser su
mujer la que le mató
-Glub, bueno, aunque no sé cómo
tienes hambres contestó sufridamente Juan, arrancando el coche y dirigiéndose a
un chiringuito que había en la playa.
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